La
noche, esa gran desconocida, por mucho que vivamos en ella, la que nos presenta
los mundos que no llegamos a alcanzar, la que nos sorprende con lo más
cotidiano.
Esa
noche, recorrí la margen del río. Hacia un frío que conseguía helar los huesos,
aun llevando la cazadora de invierno.
Caminé
por las calles bacías, cubiertas por una capa de un par de centímetros de
nieve, pisoteada en algunos lugares, pero blanca y radiante con las luces de
escaparates y farolas en otros.
La
entrada al parque estaba cerrada, miré los árboles, que parecían aprisionados
detrás de la verja, algunos de ellos cubiertos por nieve, otros solo por sus
propias hojas, y los más desnudos, imaginé el frío que deberían de estar
pasando, y recordé que puede que los árboles no tengan sentimientos, o que si
los tienen los padezcan de otra manera.
Pensé
que estaría bien tomár un café, un rico café con un chorrito de leche, y nada
mejor que la cafetería que hacia esquina enfrente de la catedral.
De
nuevo mis pasos se dibujaron en la nieve blanca, nada como pisar la nieve
blanca para dejar una marca en el mundo, aunque fuera perecedera, no todo el
mundo puede dejar la huella de los grandes genios como Miguel Ángel, o Mozart,
o aquel autor del que no recuerdas el nombre, pero creo el libro que te enseño
a apreciar la lectura.
Abrí
la puerta, la campanilla repiqueteo unas cuantas veces, la cafetería estaba
desértica, casi por completo. Solo un par de mesas ocupadas, un placer para
escoger la que más cerca quedaba de la chimenea, que lejos de ser verdadera,
reconfortaba.
El
camarero se acercó a la mesa escogida, y me pidió la comanda, mientras yo
miraba obnubilado la pantalla, que colocada en el hueco de la chimenea, daba la
impresión de que las llamas consumían los troncos de la escena. Un calor,
reconfortante recorrió mis extremidades, algo no real, pero reconfortante de
todos modos.
El
café, delicioso como siempre, me dio calor. La espera se estaba alargando y deseaba
que empezara la cita.
Alguien
posó su mano en mi hombro, y me tapo los ojos. Susurrando en mi oído.
-
Esto no es lo que tenía pensado.
Me
levanté de la mesa y después de pagar la consumación, entramos de nuevo en la gélida
noche. Unos copos nos dieron la bienvenida a la calle.
El
agarro mi mano, y la metió en el bolsillo de su cazadora. Me miro, y desplegó
su sonrisa, más calida que el mismísimo desierto de Marruecos, a lo que respondí
cerrándole el paso, y casi robándole el primer beso de la noche.
Entramos
en el portál de su casa, helados y ardiendo a la par, recuerdo que en el descansillo
de la escalera, me empujo contra la pared, olio mi cuello, después lamió la
clavícula y me cogió de la mano para meterme dentro de su casa.
La
oscuridad era plena. Pero me guió por el pasillo hasta el salón. Me indico que
me sentara, efectivamente lo hice, el suelo estaba caliente, pero yo estaba
sentado sobre una manta, una manta de piel o algo parecido. La luz era
inexistente.
Se
separo de mí un momento y prendió un fósforo. Vi su cara, mirándome, sonriendo
como siempre, era la sonrisa más bonita del mundo, sincera, amable.
En
un momento la luz se hizo en toda la habitación, iluminando el cuerpo, ahora
sin camisa de él. Había prendido la chimenea, y las llamas danzaban, casi como
si hubieran ensayado anteriormente.
Se
incorporo, acercándose a la cadena de música, dio a play, y empezó a sonar la canción.
Shania
Twain - Party For Two Country Version
