domingo, 7 de octubre de 2012



La noche, esa gran desconocida, por mucho que vivamos en ella, la que nos presenta los mundos que no llegamos a alcanzar, la que nos sorprende con lo más cotidiano.
 Esa noche, recorrí la margen del río. Hacia un frío que conseguía helar los huesos, aun llevando la cazadora de invierno.
 Caminé por las calles bacías, cubiertas por una capa de un par de centímetros de nieve, pisoteada en algunos lugares, pero blanca y radiante con las luces de escaparates y farolas en otros.
 La entrada al parque estaba cerrada, miré los árboles, que parecían aprisionados detrás de la verja, algunos de ellos cubiertos por nieve, otros solo por sus propias hojas, y los más desnudos, imaginé el frío que deberían de estar pasando, y recordé que puede que los árboles no tengan sentimientos, o que si los tienen los padezcan de otra manera.
Pensé que estaría bien tomár un café, un rico café con un chorrito de leche, y nada mejor que la cafetería que hacia esquina enfrente de la catedral.
 De nuevo mis pasos se dibujaron en la nieve blanca, nada como pisar la nieve blanca para dejar una marca en el mundo, aunque fuera perecedera, no todo el mundo puede dejar la huella de los grandes genios como Miguel Ángel, o Mozart, o aquel autor del que no recuerdas el nombre, pero creo el libro que te enseño a apreciar la lectura.
 Abrí la puerta, la campanilla repiqueteo unas cuantas veces, la cafetería estaba desértica, casi por completo. Solo un par de mesas ocupadas, un placer para escoger la que más cerca quedaba de la chimenea, que lejos de ser verdadera, reconfortaba.
 El camarero se acercó a la mesa escogida, y me pidió la comanda, mientras yo miraba obnubilado la pantalla, que colocada en el hueco de la chimenea, daba la impresión de que las llamas consumían los troncos de la escena. Un calor, reconfortante recorrió mis extremidades, algo no real, pero reconfortante de todos modos.
 El café, delicioso como siempre, me dio calor. La espera se estaba alargando y deseaba que empezara la cita.
Alguien posó su mano en mi hombro, y me tapo los ojos. Susurrando en mi oído.

- Esto no es lo que tenía pensado.

Me levanté de la mesa y después de pagar la consumación, entramos de nuevo en la gélida noche. Unos copos nos dieron la bienvenida a la calle.
 El agarro mi mano, y la metió en el bolsillo de su cazadora. Me miro, y desplegó su sonrisa, más calida que el mismísimo desierto de Marruecos, a lo que respondí cerrándole el paso, y casi robándole el primer beso de la noche.
 Entramos en el portál de su casa, helados y ardiendo a la par, recuerdo que en el descansillo de la escalera, me empujo contra la pared, olio mi cuello, después lamió la clavícula y me cogió de la mano para meterme dentro de su casa.
 La oscuridad era plena. Pero me guió por el pasillo hasta el salón. Me indico que me sentara, efectivamente lo hice, el suelo estaba caliente, pero yo estaba sentado sobre una manta, una manta de piel o algo parecido. La luz era inexistente.
 Se separo de mí un momento y prendió un fósforo. Vi su cara, mirándome, sonriendo como siempre, era la sonrisa más bonita del mundo, sincera, amable.
 En un momento la luz se hizo en toda la habitación, iluminando el cuerpo, ahora sin camisa de él. Había prendido la chimenea, y las llamas danzaban, casi como si hubieran  ensayado anteriormente.
 Se incorporo, acercándose a la cadena de música, dio a play, y empezó a sonar la canción.




Shania Twain - Party For Two Country Version


Bien, la idea es: Encuentra una canción. Después de escucharla, escribe un relato donde esa canción encaje. ¿Simple no? Pues a por ello.